LONGINA TOVAR
Al explorar la trayectoria del «Maestro de América», Luis Beltrán Prieto Figueroa, múltiples calificativos emergen al evocar su figura: pedagogo, estadista, poeta, ensayista, líder sindical, forjador de instituciones. Restringirlo a una sola dimensión sería ignorar la polifonía de su legado, donde la lectura y la educación se erigieron como pilares de su proyecto humanista.
Oriundo de La Asunción, en la isla de Margarita —la «Perla del Caribe»—, vino al mundo el 14 de marzo de 1902. Desde aquel hogar humilde, su camino se tejió entre aulas y tribunas, entre libros y luchas sociales. Tras culminar sus estudios primarios en la escuela Francisco Esteban Gómez —espacio que más tarde dirigiría—, migró a Caracas en 1925. Allí, bajo la tutela de Rómulo Gallegos, quien sembró en él la semilla de la narrativa comprometida, se graduó como bachiller en Filosofía. Su formación culminaría en 1934 con un doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela, aunque su corazón siempre latió al ritmo de la pedagogía.
Educación y militancia: dos caras de una misma moneda
Prieto Figueroa entendió la enseñanza no como mera transmisión de saberes, sino como herramienta de emancipación. En 1932, fundó la Sociedad de Maestros de Instrucción Primaria y la Federación Venezolana de Maestros, germen del gremialismo docente. Su visión trasciende lo académico: para él, leer era un acto político, un ejercicio de construcción ciudadana. En La magia de los libros (1981), reflexiona: «El libro no es un objeto estático; es un diálogo perpetuo entre el autor y el lector, un puente hacia la crítica y la libertad».
Su incursión en la política fue temprana y audaz. Senador por Nueva Esparta en 1936, cofundador de ORVE y del Partido Democrático Nacional, su pluma también moldeó leyes fundamentales: desde la Constitución de 1961 hasta el anteproyecto de la Ley Orgánica de Educación. En esta última, defendió la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza, principios que consideraba inseparables del acceso democrático a la lectura.
*Internacionalista de las aulas*
Su influencia cruzó fronteras. Como delegado de la Unesco en Costa Rica y Honduras, promovió modelos educativos basados en la inclusión y la alfabetización como derecho humano. La distinción de la ONU con la Orden Maracay no solo reconoció su labor técnica, sino su convicción de que «la escuela debe ser taller donde se forjen lectores críticos, no repetidores pasivos».
Letras que germinan: entre versos y pedagogía
Aunque su producción intelectual superó los ochenta títulos, su relación con la poesía fue un romance tardío. Publicó Mural de mi ciudad a los 73 años, demostrando que la creatividad no tiene fecha de caducidad. Sus versos, cargados de imágenes costeñas y reflexiones existenciales, dialogan con su obra pedagógica. En Joven Empínate (1968), por ejemplo, interpela a las nuevas generaciones a «alzar la mirada sobre las páginas, cuestionar lo establecido».
Entre sus textos fundamentales destacan:
– El Estado y la Educación en América Latina (1977): análisis histórico de las políticas públicas educativas.
– El magisterio americano de Bolívar (1982): reivindicación del ideario bolivariano como proyecto pedagógico.
– El pensamiento pedagógico de Andrés Bello (1989): síntesis del humanismo ilustrado en la educación.
Un legado que se lee entre líneas
Prieto Figueroa falleció en 1993, pero su visión de la lectura como acto transformador persiste. Para él, cada libro era un mapa para navegar la realidad, cada aula un espacio para descolonizar el pensamiento. Hoy, en tiempos de pantallas fugaces, su llamado a «leer con los ojos del alma y las manos de la razón» resuena como un manifiesto vigente. En sus propias palabras: «Enseñar a leer no es descifrar signos, es encender antorchas en la mente».
Una vez escrito, este texto ha sido revisado por una inteligencia artificial con el único propósito de mejorar su sintaxis. El autor ha leído y aprobado los cambios realizados.