Luis Beltrán Prieto Figueroa fallece el 22 de abril de 1993

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LONGINA TOVAR

Hoy, 22 de abril, Venezuela se detiene para recordar el tránsito a la inmortalidad de uno de sus hijos más preclaros. No es un aniversario luctuoso cualquiera; es la conmemoración de la partida del «Maestro de América», el hombre que entendió que la educación no era un privilegio de élites, sino el derecho humano fundamental sobre el cual se edifica una nación libre.

Sin embargo, antes de sumergirnos en la profundidad de su obra, es imperativo hacer una precisión histórica necesaria para la justicia de su memoria. Si bien una vasta cantidad de fuentes digitales y archivos bibliográficos sitúan su fallecimiento el 23 de abril de 1993, la verdad descansa en la voz de su propia sangre y en el mármol que lo custodió inicialmente.

Fue en enero de 2025, durante una emisión del programa radial «Somos Inces», cuando su nieto aclaró un dato que la historiografía digital había desvirtuado: el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa falleció el 22 de abril. Esta afirmación no solo es un testimonio familiar, sino que coincide con la inscripción de su lápida original en el Cementerio del Este, antes de que sus restos fuesen trasladados al Panteón Nacional para descansar junto a los próceres de la patria. Rectificar esta fecha es, en esencia, un acto de respeto a la precisión periodística que el mismo Prieto Figueroa, también comunicador y gremialista, habría exigido.

El Origen de una Convicción

Nacido en La Asunción, Isla de Margarita, en 1902, Prieto Figueroa creció con el salitre en la piel y una curiosidad intelectual que lo llevaría lejos de su geografía natal. Su vida fue un constante ascenso hacia la luz del conocimiento. Se graduó de Doctor en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Central de Venezuela en 1934, pero su título de «Maestro» fue el que portó con mayor orgullo.

Su visión educativa no era estática. Prieto no quería simplemente que los niños leyeran y escribieran; él aspiraba a que el pueblo pensara. Fue el principal impulsor de la tesis del Estado Docente, una doctrina que establece que el Estado tiene la obligación indeclinable de orientar y dirigir la educación nacional. Para él, la educación debía ser gratuita, obligatoria y, sobre todo, democrática.

La Obra Cumbre: El INCES y la Educación para el Trabajo

Si hay una institución que encarna el pensamiento práctico de Prieto Figueroa es el Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE), hoy conocido como INCES. Fundado bajo su inspiración y liderazgo en 1959, el instituto nació de una premisa revolucionaria para la época: la formación profesional de los trabajadores.

Prieto entendió que el desarrollo económico de Venezuela tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez requería técnicos cualificados, hombres y mujeres que dominaran un oficio con dignidad. El INCES no era solo un centro de capacitación, era un puente entre la escuela y la fábrica, entre el aula y el campo.

«La educación no puede ser un proceso de domesticación, sino de liberación.» — Luis Beltrán Prieto Figueroa.

A través del INCES, el Maestro democratizó el saber técnico. Logró que el joven del barrio y el campesino del interior tuvieran acceso a una formación de calidad que les permitiera insertarse en el aparato productivo. Hoy, al ver los talleres de soldadura, diseño, mecánica o comunicación  en todo el país, se percibe el pulso de Prieto, quien creía firmemente en la «Educación para el Trabajo» como motor de la soberanía.

La trayectoria de Prieto Figueroa no se limitó a las aulas. Fue un actor político fundamental en la construcción de la democracia venezolana del siglo XX. Miembro fundador de Acción Democrática, su coherencia lo llevó a romper con el partido cuando sintió que las bases populares estaban siendo ignoradas, fundando así el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) en 1967.

Fue presidente del Congreso de la República y Ministro de Educación, pero nunca abandonó la sencillez del hombre de Margarita. Su producción intelectual fue vasta: desde poesía delicada hasta tratados jurídicos y pedagógicos que hoy son consulta obligatoria en toda América Latina. Libros como El Estado Docente y Maestros como Líderes siguen resonando en los currículos educativos del continente.

El traslado de sus restos al Panteón Nacional no fue un trámite burocrático, sino el reconocimiento de un país a su guía moral. Al entrar en el recinto de los inmortales, Prieto Figueroa se consolidó no solo como un político o un docente, sino como un constructor de civilidad.

Es aquí donde cobra relevancia la precisión de su fecha de muerte. Recordarlo el 22 de abril es honrar la verdad histórica que su familia y el registro físico de su primera morada han defendido. En un mundo saturado de información donde el error se replica con un clic, volver a la fuente —al testimonio del nieto en «Somos Inces», a la inscripción de la lápida— es un ejercicio de justicia.