** A sus 86 años, este baluarte de la educación en Cojedes cambia la tiza y el borrador por circuitos de robótica y electrónica en el Inces, demostrando que la curiosidad no tiene fecha de vencimiento.
NATALY REYES
Hay manos que cuentan historias sin necesidad de palabras. Las de Aristides Ramón Brizuela, nacido un 31 de agosto de 1939 en las tierras del Guárico, son manos que han sostenido libros bajo la lluvia, empujado bicicletas por caminos de tierra y, hoy, conectan cables con la precisión de quien está descubriendo el mundo por primera vez.
Aristides no tuvo un camino fácil. La orfandad lo alcanzó a los dos años, dejando a su madre al mando de un hogar que salió adelante a fuerza de sacrificio. Fue ella quien, al mudarse a Cojedes en 1948, le dio el mandato que regirá su vida: “Tú serás un hombre de provecho”.

La escuela de los pies descalzos
Su memoria es un archivo impecable. Recuerda con ternura a la maestra Josefina Pérez, quien le enseñó lo básico a los 10 años, y relata con orgullo haber sido de los alumnos que estrenaron el Colegio José Antonio Anzoátegui de Tinaquillo. Pero su verdadera prueba de fuego no fue como estudiante, sino como maestro rural.
“Mi primer trabajo fue en El Amparo”, rememora con una sonrisa melancólica. “Había que cruzar una quebrada todos los días. Me quitaba los zapatos y las medias, me ponía los libros en la cabeza y pasaba el agua. Todo para ir a enseñar a leer, devolviendo lo que una vez hicieron conmigo”.

Pasó de las zonas frescas de Solano, donde subía a pie hasta que logró comprar una bicicleta; hasta La Amarilla de Tinaquillo, Aristides recorrió la geografía cojedeña y la humana. En esos 35 kilómetros que caminaba para llegar a las aulas de La Amarilla, no solo encontró su vocación, sino el amor: allí conoció a Felicita, “la mujer más hermosa de Cojedes”, su compañera de vida por décadas y madre de sus tres hijos, quien partió hace tres años dejando un vacío que hoy Aristides llena con conocimiento.
El reencuentro con el aula: del pizarrón al Arduino
Tras jubilarse con 37 años de servicio, cualquiera pensaría en el descanso. Pero Aristides Ramón no es un hombre de pausas. Hace dos años tocó las puertas del Inces en Cojedes y, según sus palabras, fue como llegar a casa.

“Llegué a los 86 años y recibí aprecio, respeto y, sobre todo, motivación”, cuenta mientras manipula componentes electrónicos. En esta “universidad pequeña», como él la llama, el viejo maestro de escuela rural se ha transformado en un aprendiz de la era digital. Ha pasado por formaciones de mecánica, robótica, electricidad y electrónica, actualmente, se forma como ensamblador de productos electrónicos, a travès de la MTP Marisela Medina, su meta actual es clara: dominar el lenguaje de arduino, una tecnología que ya le pidió a su hija para seguir experimentando en casa.

Hoy, Aristides es capaz de reparar su propia licuadora, la bomba de agua o el televisor, pero su mayor satisfacción es ver a los jóvenes formarse. “Aquí está la Venezuela chiquita: turismo, textil, industria, construcción, comercio y servicio, jóvenes que salen para la productividad del país”.
Un mensaje para la posteridad
Para el maestro Aristides, la edad es solo una cifra que palidece ante las ganas de aprender. Mientras camina por los pasillos del CFS «Batalla de Taguanes» conocido como Inces Industrial,ubicado en la zona industrial de Tinaquillo, los estudiantes no solo le piden la bendición, como en aquellos tiempos de antaño, sino que ven en él un espejo de lo que significa ser un ciudadano útil.
“Invito a la juventud a estudiar, a aprender todo lo que puedan”, concluye con la autoridad que le dan sus años y su presente activo. Aristides Ramón es la prueba viviente de que, mientras haya curiosidad en la mente y un sueño en las manos, el aula de la vida nunca cierra sus puertas.
