CHÁVEZ: “¿Inces, cómo está todo?”

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** Anecdotario a ocho años de tu partida

Bajo el sol de Camaguán, a pocos kilómetros de San Fernando, llegaste con tu grandeza, con tu imponente presencia. Los gritos del pueblo, el sonido del arpa y el escándalo de la Casa Militar desaparecerían por un momento. Me miraste a los ojos, fijo, dos segundos, y me dijiste: ¿Inces, cómo está todo?

No hubo tiempo para respuestas, tampoco creo que la hubieses esperado. Y me quedé ahí, frente al estero… petrificada.

No era la primera vez que te veía. Trabajando con el capitán Eliézer Otaiza tuve la fortuna de acompañarte en la primera graduación de la Misión Robinson. Fue en la sala Rios Reyna. Como personal de protocolo se me asignó hacer entrega de los certificados a José Vicente Rangel, quien estaba a tu izquierda. A tu diestra, Otaiza.

El protocolo ordena entregar los documentos por la derecha, pero nadie lo pensó… eras zurdo. Volteaste hacia donde yo estaba y me quisiste quitar los certificados que yo sostenía. Me aferré a ellos. “No son los tuyos”, te dije entre dientes. Pero igual me los quitaste para descubrir que la persona que tenías al frente no era su dueña. Giraste, me miraste… me calcinaste. Esa vez no había esteros, ni sol, ni música llanera de fondo.

En el Teatro Municipal te vi y lloré. Apenas pisaste el escenario un vacío en el estomago, un escalofrío en la columna, una rara sensación en la cabeza. A tu salida me volviste a mirar y me preguntaste ¿Inces, cómo quedó todo? … y otra vez me quedé sin responder.

Te acompañé en la campaña por el Sí y en la campaña por el No. Recorrí Venezuela completica para esos cierres de campaña. Preparábamos todo para tu llegada: sonido, alimentación, tarimas, banderas… Eramos un equipo de al menos 15 personas, Inces en su mayoría, y la orden era: “En lo que Chávez comience a cantar el himno nacional nos vamos”… y así fue, en al menos 30 ocasiones. Cuando llegabas, al ritmo de tu Gloria al Bravo Pueblo, nos despedíamos de ese escenario para ir a preparar el próximo.

Quizá el momento más íntimo que tuvimos fue en Lara. Llegaste de sorpresa a La Cuchilla, un caserío cafetalero escondido en las montañas. Se supone que llegarías en algún momento en helicóptero, pero lo hiciste un día antes y por tierra. Y con el pueblo te sentaste, cerca de media noche, en una sillita rota. La única luz era la de un bombillo de la cámara de prensa. No eramos más de 60 los testigos de aquel diálogo en las catacumbas del pueblo. Hablaste mucho aquella noche ¡que sorpresa! No sé si por el viaje o por el trabajo, pero el sueño me vencía. Te escuchaba a lo lejos. Mi recuerdo de aquella noche es vago… frases, imágenes…

En Urachiche fui despedida en un Aló Presidente. Antes de que el evento terminara ya había sido reenganchada. Te vi en el auditorio del Inces. Te vi llegando a caballo a Elorza con tu camisa roja y tu sonrisa. Te vi en la plaza Bolívar cuando expropiaste La Francia. Te vi aquel 7 de octubre bajo la lluvia (aveces me busco en las fotografías de archivo). También estuve en una reunión contigo, previo a un acto en el salón Ayacucho, pero no te pude ver: mido 1,50. Por supuesto, tú tampoco me viste.

Las cosas cambiaron, te enfermaste. Desapareciste de la vida pública. Yo asumí otras responsabilidades y no nos cruzamos más.

El 5 de marzo de 2013 salí de mi casa a comprar quien sabe qué. Yo estaba de reposo postnatal. La señora del kiosko al verme me pregunta: “¿Es verdad?” Yo no entendía. Ante mi desconcierto soltó la noticia:

– “Chávez se murió”, lo dijo Maduro

Nos abrazamos. La vista se me nubló y no sé como llegué a casa. No recuerdo el trayecto. Yo estaba segura de que un día saldrías en TV burlándote de todos aquellos pendejos que decían que tú te habías muerto.

Vivo muy cerca de Fuerte Tiuna y fui a recibir la carroza fúnebre. Lo logré. Volví a casa. En los días sucesivos intenté acercarme a darte el último adiós, pero fue imposible. Las colas podían durar más de 24 horas y una bebé de siete meses me impedía emprender esa última empresa por ti, a tu lado.

Ahora la carroza pasaría por la autopista, rumbo al Cuartel de la Montaña. Y me fui lo más cerca que pude. La gente corría a tu lado. Yo ensimismada te vi pasar en lo que sería tu último paseo por la ciudad y recuerdo que pensé: Chávez, hasta la victoria siempre”.

Creo en Cristo y en la resurrección de la carne, y por ello estoy segura de que te volveré a ver, y entonces, ahí, cuando me preguntes:

-¿Inces, cómo está todo?

Yo te voy a responder: “VENCIMOS”

LT